¿Sabías que existe en Asturias una localidad a la que sólo se puede acceder a través de una cueva? Casi aislada, como congelada por el tiempo, la localidad de Cuevas del Agua, en el concejo de Ribadesella, conserva el espíritu y la atmósfera de las aldeas de antaño, donde el susurro del río compone la única banda sonora para los pocos habitantes que aún residen en este bello paraje.

Y como una defensa que los protege de todo el bullicio que hoy rodea al resto de urbes, las formaciones en roca se alzan como antesala a la entrada de la localidad, formando una espectacular fortaleza natural rica en formaciones calcáreas que se van sucediendo paralelas al cauce del arroyo de la Cueva.

Cuevas del Agua en Ribadesella

Esta caverna es todo un capricho de la naturaleza único en Europa, ya que son pocas las cuevas que son atravesadas por el asfalto. A lo largo de sus 300 metros serpenteantes, esta cueva terrestre puede recorrerse tanto a pie como en vehículo, siendo uno de los recorridos preferidos para visitar con niños, para que conozcan la vida no solo en la roca, sino también en las partes acuáticas y terrestres que se albergan en las diferentes zonas de la cavidad.

Con admiración y cierta ternura, los asturianos cuidan y disfrutan de este paraje de cuento que sorprende a todo el que lo visita. Tal es así, que algunas de las estalactitas y estalagmitas tienen nombre propio, como la lengua del diablo, Las barbas de Santiago o Las estalactitas de bandera.

La mejor forma para visitar las Cuevas del Agua es alojarse en Ribadesella. Esta hermosa villa marinera del oriente de Asturias, ofrece mucho más que la mundialmente conocida prueba deportiva del Descenso Internacional del Sella, celebrada cada mes de agosto.

Sus bellas playas, los miradores naturales como tres enclaves del macizo de Ardines, referentes turísticos como las Cuevas de Tito Bustillo, el desfiladero de acantilados o las impresionantes casas de indianos, son solo algunos de los muchos atractivos de los que también podrás disfrutar durante tu estancia. Para ello, lo ideal es alojarse en el casco antiguo, allí donde al animado bullicio de las terrazas ambienta cada tarde, creando un perfecto contraste con la calma que trasladan las excelentes vistas al puerto.

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